martes, 21 de agosto de 2007

Paquito Levántate y anda

El día en que me acosté a las seis de la tarde

Paquito, levántate y anda...

Una gallina que lanza proyectiles, unos peces que nadan fuera del agua, una voz interna que da órdenes, La Vinotinto en un mundial, Omar Visquel jugando en Pastora de los llanos y una rubia suplicando que la besen; son síntomas de una mente que necesita descansar
Por: Néstor Luis González

Cuando estaba chiquito no entendía por qué la gente le decía "mente de pollo" a quienes actuaban con inmadurez o poca inteligencia. En una ocasión me acosté a comer tamarindo debajo de un árbol de ese delicioso fruto a eso de las seis de la tarde, y cuando una gallina dormida lanzó su excremento como un proyectil sobre mi frente, me sentí tan feliz como Newton cuando le cayó una manzana en la cabeza y descubrió la ley de gravedad.

Gracias a tan asquerosa experiencia, tenía la respuesta a mi pueril interrogante. Era sencilla: los pollos y las gallinas son extremadamente brutos. Claro, es que un ser vivo que se duerma a las seis de la tarde porque ya no ve el sol ha de tener el cerebro de adorno, o no conoce nada sobre las mil maravillas que pueden pasar de noche.

Más allá de esa filosofía, el viernes pasado estaba tan cansado que decidí sentirme gallina y acostarme apenas languideció la tarde. Durante las próximas horas, soñaría cosas maravillosas relacionadas con La Vinotinto en el mundial de fútbol y Omar Visquel jugando en Pastora de los Llanos.

Pero a eso de las dos de la mañana, una bíblica voz que escuchaba venir de mis entrañas me dijo: -Paquiiitooo, levántate y anda. -Esa tenebrosa orden hizo que me despertara y fuera por un vaso de agua. Pero antes, fui por mi teléfono a la cocina y leí un mensaje que decía: te busco en diez minutos, vamos a rumbear...

¡Dios! estaba cansado, lo menos que quería era meterme en un antro a tragarme el humo de otras personas. Pero como tengo una reputación que mantener, y no aguanto dos pedidas, me puse lo primero que conseguí y me largué, no sin antes advertirle a mi interlocutor que no tenía ni medio.

Cuando llegué a la discoteca, la cola era tan grande que los porteros habían decidido girar la cara y no dejar pasar a nadie más. Pero claro, como siempre, caminé como perro por mi casa e incluso reboté a unos tipos que querían entrar. "Mis panas, hoy la discoteca está cerrada para el público. Sólo estamos dejando pasar a los socios", dije cual portero papiao mientras levantaba la cadena que separa lo VIP de los segmentos C y D.

Apenas llegué, una catira me llamó y me dijo que soy idéntico a un amigo suyo que se llama Chelique. Como conozco al susodicho, le dije que era mi hermano mayor y mantuvimos una conversación basada en la mentira durante poco más de una hora.

Yo le decía que las vacas dan leche, que las aves vuelan, que el cielo es azul y las estrellas brillan; y ella se reía sin parar como si le hubiese estado haciendo cosquillas. La invité a bailar y tras cuatro o cinco chistes al oído, me puso la boca en actitud de "bésame".

De no ser por el azul de sus ojos y la armonía con la que el cirujano había esculpido la cilicón en su cuerpo, no la habría besado. Pero las circunstancias se dieron y me dijo al oído: "Vamos a mi casa".

Cuando estábamos en su departamento, creamos tanta humedad en el ambiente con nuestra excitación que las criaturas que había en su pecera se salieron y empezaron a nadar por el cuarto rozando las
paredes y copulando cerca del bombillo en el techo.

En el preciso momento en que nos acostamos sobre las sábanas de seda de su colchón, de nuevo escuché la voz que me había despertado horas antes: -Paquiiitooo, levántate y anda...

-¡¡Paquíto, levántate y anda a echarle comida a las gallinas!! gritaba mi mamá a la pata de la cama percatándome de que todo lo que había vivido era un sueño, un sueño cruel y despiadado de esos que juegan con la inocencia de muchachos buena gente como yo, un sueño de esos que se burlan de jóvenes soñadores como yo; de jóvenes emprendedores cuando duermen.

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