
La mano alzada de Samanta detuvo el taxi casi como un conjuro corporal. Veinte bolívares dejándola del otro lado de la avenida acordó pagarle por llevarla al Terminal. Era un hombre como de cincuenta años, con lentes de sol, cabello negrísimo y una pronunciada nariz que sonaba como de gripe cada tres o cuatro respiraciones. Sólo le molestaba el olor a viejo antes de ver aquel Nuevo Testamento azul junto a unos lentes tan pequeños que parecían de mentira. No podía dejar de verlos. Estaban sobre el tablero y por algún extraño motivo el miedo se apoderó de ella. Luego notó que el hombre tenía un brillante mínimo en la oreja derecha y que sus dedos estaban tatuados con inscripciones fenicias que ella reconocía por haber estado en el Medio Oriente el diciembre pasado. No entendía la función de un Nuevo Testamento en el auto de alguien tan pagano como ese tipo, tampoco creyó estarlo juzgando mal porque su apariencia era de pronto la de un violador de vírgenes. Samanta había comenzado a temblar y aquellos lentes sobre el tablero le incomodaban demasiado como para seguir el viaje al Terminal. El hombre se llevó de pronto la mano al bolsillo y sacó un chicle sabor a canela que llevó lentamente a su boca. Comenzaron los chasquidos y ahora eran demasiados elementos discordantes como para seguir el viaje, porque ella podría soportar a un hombre tan raro con media Biblia en el carro; pero los lentes, el chicle sonando, el brillante en la oreja y esos tatuajes: todo siendo dentro de un seudo universo frío. Déjeme por aquí señor que no aguanto, es que su chicle, el librito azul, los lentes; no pegan con usted y de pronto me comienza a doler la cabeza. Lo siento. Samanta comenzó a llorar frenéticamente y el hombre inmutable, como si de pronto hubiera comprendido todo. Usted sabe a lo que me refiero. El hombre seguía sin decir una palabra y Samanta ya estaba golpeándolo en el brazo cuando empezaba a estacionarse a mitad del camino. Diez bolívares habría sido el precio justo, pero la mujer entregó un billete de cincuenta y salió corriendo sin ver a los lados. Un camión. Joven murió arrollada en la avenida Andrés Bello. Los testigos afirmaron que salió de la nada lanzándose a la vía.




8 comentarios:
Me gusta mucho tu narracion, lograste llevarme hasta el taxi y sentir el mismo temor de Samanta.
Eso se llama panico.
Te felicito otra vez. Gracias por invitarme a leer tus inspiraciones.
Buenísimo!!!!
:D
Que bueno!!!
Muy bien ambientado, muy gráfico y el final la guinda.
Saludos.
Unas letras llenas de espectación hasta el final, que por cierto el final de Samanta no fue ni más ni menos que llevado por el pánico.
Besos tiernos y dulces para ti. Te deseo un feliz fin de semana.
** MARÍA **
Hola cariño!..Me encanta tu blog y quisiera que nos conocieramos mejor..Claro,si se puede..Me llamo Marian, te dejo mi msn!..
pechuguita1988@hotmail.com
Besos mi vida.
Pues a mi no me ha gustado, mi papa es taxista y es un hombre muy noble y bueno, de los que no quedan.
Vamos hombre, un respeto a la profesion, jejeje.
Un saludo.
amylois el problema no es el taxista, es la mente de Samanta...
me encanto la historia, excelente forma de recordarnos que las apariencias engañan.
Estimado, este escrito no tiene nada que envidiar a los "Cuentos de Humor Negro" de Robert Bloch. Felicitaciones.
A veces la imaginación, perturbada por estados de ánimo y subyugada a imágenes mentales forjadas por una débil voluntad, puede jugar pasadas terribles a las personas. Es increíble cuantos cuentos urbanos de este tipo hay enla vida real.
¿Existen los fantasmas? difícil pregunta, pero alqgo que si es cierto es que están en el subconsciente, por lo menos es seguro que allí residen.
Alex
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