miércoles, 6 de abril de 2011

Sobre la ficción y el infinito. Discurso.

El cuaderno cuarto de las memorias de Robert Musil contiene la historia de un dandi que se sienta a la mesa de un bar con una bailarina joven, bonita y hambrienta. El muchacho le compra un corzo asado a su acompañante, pide una cerveza, enciende un cigarrillo y empieza a mentirle. Al final de la noche lleva a la chica hasta la puerta de su casa y se despide con una mentira más: soy el violador de niñas como tú que colgaron esta mañana.

Ficticio, referencial o autobiográfico, ese cuento puede despertarnos la curiosidad: ¿Qué diversión puede haber en la mentira? O la empatía: ¿Acaso no he hecho yo algo parecido alguna vez? Y es que la necesidad de ficción parece estar en cada uno de nosotros: la mayoría ve series de televisión y películas, otros leen libros, y unos pocos prefieren estar del otro lado y los escriben, tal vez para jugar por un instante a ser dioses creadores de algo. Pero, ¿para qué?

Tal vez la pregunta “para qué” destruya toda posibilidad de arte, pero seguiré citando a Robert Musil. En el primer volumen de su gigantesca e inacabada novela “El hombre sin atributos”, el protagonista confiesa que si pudiera “aboliría la realidad”, una sentencia que resume la angustia de todo artista que no logra poner los pies sobre la tierra por estar inventándose otros mundos. Pero quienes no se los inventan y tienen los pies sobre la tierra también necesitan de otros mundos, y por eso van al cine, leen notas de farándula y ven Two and a half men; o sea que sobreviven en esta tierra pero disfrutan simultáneamente de una paralela, que no existe, pero es más divertida.

El utilitarismo y la súper especialización son los conceptos del progreso, por eso podría augurarse que en unos siglos tendremos que olvidarnos de la cultura para poder sobrevivir en un mundo muy poblado. Cada quien ocupándose de algo cuya utilidad sea inmediata, sin tiempo para soñadores.
Pero Jesucristo dijo que somos la sal del mundo, y si la sal no fuera salada no serviría para nada.

Si algún día la realidad lograra acabar con la ficción, no seríamos dignos de llevar el nombre de humanos, porque seríamos lo que Miguel de Unamuno nombró seres sin esencia y nos dividiríamos apenas entre movedores de palancas, presionadores de botones y otras extensiones de las máquinas que antes fueron extensiones nuestras.

Dijo Gandhi que si la muerte no fuera el preludio de otra vida, la vida presente sería una burla cruel. También podemos leer en el Eclesiastés que “Dios puso eternidad en el corazón del hombre”, y sí, de manera inconsciente nos creemos inmortales. En tal sentido, podemos encontrar en la ficción una alternativa a este mundo temporal, un enlace con lo espiritual, con lo que no se ve pero que de alguna manera nos consta que existe y que vendrá después de la muerte.
Caracas, Marzo 2011.

2 comentarios:

aina dijo...

Hola, te he descubierto gracias a tu comentario, un placer.
Me han encantado tus reflexiones, referente a este post he de decir que yo diferencio el mentir del fantasear, quizás es sólo una excusa y soy la reina de la mentira, ¿qué más dará si no perjudica a nadie?. Un saludo.

TORO SALVAJE dijo...

No quiero ser un movedor de palancas y solo eso.
Mataría por no serlo.

Saludos.