
Su nariz no estaba rota, sólo sangraba por culpa de la cocaína. Sus ojos eran exageradamente opacos y su risa era el dibujo hipócrita de un arco iris en un cuaderno de contabilidad. Aquella habitación daba asco. Ratones cruzaban de una pared a otra sorteando trozos de comida, preservativos usados, papel sanitario sucio, zapatos que hace años no se juntaban con su par perdido, calcetines que alguna vez fueron blancos, colillas de cigarro y muchos libros llenos de vanidad.
Desnuda, acurrucada sobre su cama, Amalia se dejaba picar con gusto por mosquitos tan descomunales que el ventilador no espantaba. El televisor tenía casi una semana encendido pero ella sólo se concentraba en la Biblia sobre el Play Station. Dos días permaneció viéndola como el único sosiego en medio de aquel desastre, como la única orquídea nacida en el pantano. Al fin decidió levantarse y abrirla al azar leyendo de inmediato que Dios es amor. Aquella frase la envolvió y la hizo levantarse de su cama, limpiar el piso, ordenar cuanto pudo, bañarse, vestirse y dar un paseo por cualquier lado. Aún no había entendido el mensaje, ella sólo escapaba de lo que no lograba entrar en su cabeza.






