lunes, 26 de enero de 2015

Dime por qué no me miras a los ojos


¿Por qué no me miras a los ojos?
Heme aquí: soy un hombre.
A mí también me fue dada la vida
y respiro.

No subestimes mis pasos sobre la tierra
¿Te he dicho yo mismo quién soy?

¿Por qué me miras desde lo alto
si tus bases tienen apenas
la fragilidad de la belleza?

Tres días vagué por las calles pidiendo un trozo de pan.
Siete meses supliqué por una oportunidad.
Dos veces dormí en las alcantarillas,
y quiero que sepas que las naranjas podridas huelen muy mal.

He visto a los demonios, 
los que tienen la burla por lenguaje.

La lágrima de los débiles también corrió por mi mejilla.

La mierda me llegó al cuello,
pero a veces tenía que hundir también la cabeza
porque las cachetadas de la superficie eran demasiado humillantes.

¿Por qué no me miras a los ojos?
¿Acaso tu llanto es más amargo que el mío?
Ven.
Escudríñame.
Adivíname de un beso y desentierra los tesoros de la mugre.

Ven,
que al fin me miras la sombra y se me ha llenado el pecho de flores.

No desprecies estos ojos.
¿Quién te erigió superior?
¿Conoces el lenguaje de las gotas?
¿Entiendes acaso las señales de la luz?

No me digas que te han besado los ángeles.
Sus lenguas son venenosas y a mí no me gustan las mentiras.

Ven.
Es mejor que bajes la cabeza y me digas de una vez
por qué no me miras a los ojos.

Las hermosas carcajadas de los malos.


Envidio a los miserables que sonríen
con la cara idiota de los que creen que nunca se van a morir
pero la envidia se tuerce porque les veo el futuro, 

allá, 

              obvio, 


                           a media cuadra de distancia


y entonces lloro por ellos
les advierto,
Se burlan de mi camisa con esa risa que de pronto vuelvo a envidiar
pobres buenos salvajes que se trocaron en malos para poder soltar esas carcajadas tan hermosas
Una lástima

                                                                     Ojalá no les incomode tanto el fuego
Me sentaré en esta piedra a llorar por ellos
No era envidia
Nunca lo fue o nunca más lo será
pobres buenos salvajes que se trocaron en malos a cambio de un aplauso

Cómo enfrentar la lectura de “Los miserables” en pleno siglo XXI


Quincena. La familia va al centro comercial a comprarle el vestidito a la menor y a comer en la feria. Hamburguesas. Una de pollo sin salsas, otra doble carne y dos normales. 
Se sientan a comer. Tienen hambre. Están de mal humor porque hay demasiada gente. La matrona gorda se queja del servicio mientras se sienta y se lleva una papa frita a la boca: “Esto ha decaí­do, antes te atendí­an mejor”.
Un niño flaquito como de siete años se acerca a la mesa donde comen los miembros de la familia. Su presencia los incomoda. Se miran los unos a los otros y todaví­a el infante no dice nada. Les molesta tener que comer con ese niño allí­ velándolos. “No tenemos real”, dice la matrona. El niño se queda un ratico más como esperando un pedacito de algo, pero hay muchas otras mesas con gente, y se va.
“No hay que darles dinero, porque después los mal acostumbras”, palabras mágicas de matriarca gorda, mágicas porque permiten a los miembros de la familia seguir comiendo sin sentirse mal. A partir de momentos así­, palabras como esas se vuelven un comodí­n con respaldo moral para decir no a una solicitud de ayuda por hambre.
Cuando tenemos hambre nos sentimos realmente mal, cuando tenemos hambre y no comida ni dinero para comprarla nos sentimos peor, cuando tenemos hambre y nuestra familia también, queremos morir.
De cada seis personas que habitan el planeta, una no comerá hoy. El dato es alarmante sobre el papel, pero incómodo junto a la mesa del restaurante.
Leer «Los miserables» en pleno siglo XXI es perder el tiempo si no se tienen presente el frí­o y el hambre de quienes ahora mismo están en las calles buscando qué comer, pidiendo o robándose algo.
Para que su lectura no se convierta en el simple retrato de un momento histórico hay que sentir las calamidades ajenas, hay que meterse en el coco que todos los hombres somos iguales, que somos parte de la misma humanidad y que la salvación del alma y la libertad están por encima de cualquier ley escrita sobre papel.
La historia de los oprimidos
La novela es una de las obras más famosas del escritor Victor Hugo y quizá la más emblemática del romanticismo francés. El autor enumera directa e indirectamente acontecimientos históricos y narra cómo eran las vidas de los oprimidos mientras los poderosos se repartí­an el mundo, libraban batallas o cambiaban a capricho la historia.
«Los miserables» explora la condición humana tan profundamente como solo algunas obras de Shakespeare pudieron antes: metiendo a buenos y a malos en un mismo saco y haciéndolos hijos de sus circunstancias, seres que no son y que van siendo, personajes capaces de arrepentirse: humanos.
Sin embargo, la lucha del libro es entre el bien y el mal. Jean Valjean se ve obligado a robarse un pan en medio de la desesperación de no tener con qué alimentar a su hermana viuda y a sus sobrinos.
Lo atrapan. Es condenado por romper la vitrina de una panaderí­a. Se escapa una y otra vez de la cárcel y la pena aumenta. Termina pagando 19 años. Le arrancaron la vida por un pan.
Ya es viejo cuando sale de prisión. Se ha vuelto un animal que solo es capaz de sobrevivir. No piensa, actúa. Un hombre quiso ayudarlo, pero aquello le pareció tan raro que decidió robar a su benefactor. La policí­a atrapa a Jean Valjean una vez más:
-¡Este convicto lo robó!
-¿Me robó?
-¡Sí­! Lo capturamos saltando la verja de su casa con un saco lleno de objetos.
-¡No! Se equivocan: yo le regalé todas esas cosas. Es más, se le quedaron otras. Tenga, amigo mí­o, váyase con Dios.
Jean Valjean no comprende. Está a punto de enloquecer. ¿Por qué me ayuda? Esto duele. No entiendo nada. El hombre al que robó le dice algo al oí­do. Le pide que cambie su vida para siempre. Han comprado su alma. A partir de ese momento el ladrón se vuelve santo aunque para todos siga siendo escoria.
El bueno, el malo, el mismo
El otro personaje principal de la novela es Javert, el legalista. La representación de la Ley. Cumplir con el deber a costa de cualquier cosa.
Javert es el enemigo de Jean Valjean, a quien persigue durante 20 años sin parar. Juntos son el lobo y la presa, el policí­a y el ladrón, antónimos.
Pero Victor Hugo sacó ambas personalidades del mismo sujeto real: Eugí¨ne-Franí§ois Vidocq, ladrón que se volvió policí­a y reformó el sistema de Seguridad Nacional en Francia.
Tal vez la intención del autor fue desde el principio demostrar que la bondad y la maldad son hermanas criadas en casas diferentes. Pero más allá del entorno, está la oportunidad de decidir: ¿Qué camino tomaré en la vida?
Néstor Luis González

lunes, 13 de mayo de 2013

Basta de calumnias


 A mis amigos, familiares, conocidos, y a la opinión pública en general.
Durante los últimos días he recibido presiones y amenazas desde las instituciones del Estado por mi presunta vinculación con una serie de crímenes que van desde el desacato a la autoridad hasta el asesinato y el terrorismo. Quiero que se sepa que no estoy huyendo, que estoy libre y tranquilo, porque sé que no podrán conseguir ninguna prueba en mi contra a menos que se la inventen. Quienes me conocen saben que mi lucha siempre ha sido a través de las letras, del diálogo, del argumento y del análisis. Ni siquiera sé disparar un arma ni manejar una espada, y de eso puede dar crédito cualquiera, por cuanto resulta una auténtica estupidez creer que yo pueda ser ese bandido enmascarado a quienes todos llaman "el Zorro". "El Zorro" es un tipo mucho más alto que yo: como de dos metros, seguramente. Además, lleva un desagradable bigote muy impropio para este siglo, y créame, buen lector: prefiero meterme a terrorista que dejarme crecer el bigote. ¡Es imposible que yo sea "el Zorro"! Ya basta de calumnias. Es evidente que soy mucho más guapo que ese enmascarado, y siempre he pensado que si alguien oculta su rostro es porque lo tiene muy feo. El Gobierno ha querido crear una matriz de opinión en mi contra, pero yo permaneceré inmutable ante sus presiones porque sé que, a falta de pruebas, intentan que me vaya del país para decirle al pueblo que escapé. Lo que no han considerado, o no quieren ver, quienes gobiernan este país, es que ese criminal apodado "el Zorro", representa la esperanza del pueblo oprimido, la voz de quienes no son escuchados por las instituciones y la esperanza de quienes pasan hambre mientras nuestro jefe de Estado engorda. Gracias por toda la solidaridad que he recibido y por la que sé que me brindarán ahora que saben la verdad sobre la mentira. Muchas gracias.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Sobre el libro del Génesis

Cuenta la tradición oral de los indígenas Kariña, asentados en el Oriente venezolano, que hace mucho tiempo cierto dios ordenó a un hombre construir una canoa grandota y meterse en ella junto a su mujer y dos animales de cada especie: hembra y macho, pues sobrevendría un aguacero que inundaría toda la faz de la tierra.

También la mitología griega describe un gran diluvio ordenado por Zeus a Poseidón para poner fin a la existencia humana. Solo Decaulión -hijo de Prometeo- y su esposa se salvaron de la calamidad por haber construido un arca en la que metieron dos animales de cada especie.

La historia del diluvio se repite en diversas regiones del mundo con detalles tan parecidos que asombran a los más respetados eruditos, porque hindúes, babilónicos, incas, aztecas, guaraníes, mayas, taínos, pascuenses y mapuches echan el mismo cuento que el Génesis en la Biblia, el mismo cuento o uno muy parecido.

¿Existió un barco gigante que salvó hombres y bestias hace 5 mil años? En Génesis 8:4 puede leerse: “Y reposó el arca en el mes séptimo, a los diecisiete días del mes, sobre los montes de Ararat”. Bien, el Monte Ararat está en la frontera entre Turquía y Armenia. Su historia reciente está llena de expediciones infructuosas y fotos del presunto barco en las alturas.

En 2010 Yang Ving Cing mostró al mundo el hallazgo de una estructura de madera antigua a una altitud de 4.000 metros precisamente en Ararat. Las pruebas de carbono 14 no arrojaron exactamente los 5 mil años que calculan los estudiosos bíblicos, pero sí 4.800 años.

Más allá de impresionarlo a través de datos y comparaciones, este artículo trata de invitarle a la lectura del Génesis, un libro que narra los orígenes de todo lo existente según la creencia judeocristiana y que a la vez parece tal vez cargado de verdades científicas e históricas.

Sin embargo, también puede ser leído como obra estética y filosófica desde su primera línea: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. El original de ese verbo “creó” es “bará”, que significa hacer de la nada, o sea que según el Génesis Dios creó todo de la nada. La afirmación no es tontería si se compara con las especulaciones sobre la eternidad de la materia o con los análisis del escolástico Tomás de Aquino.

Se supone escrito por Moisés y forma parte de los llamados históricos del Antiguo Testamento, pero su lectura puede significar más que eso. El erudito italiano Michelle Buonfiglio compara un versículo del capítulo II con el ambiente de aquellas eras pantanosas en las que reinaban los dinosaurios y no había llovido aún, “sino que subía de la tierra un vapor, el cual regaba toda la faz de la tierra” (2:6).

Pasan los capítulos y la emoción aumenta: se descubren personajes como Abraham, patriarca histórico de todos los árabes y los judíos, respetado y venerado a través de los siglos por muchísimas culturas, y tan fecundo en ardides como el homérico Ulises.

El Génesis entretiene página tras página, incluso más y mejor que un Bestseller porque dependiendo de la creencia y de las ganas de investigar todo puede resultar verídico.

Ese libro explica qué hay detrás de las peleas entre judíos y musulmanes, por qué Abraham se separó de la cultura sumeria y refundó el monoteísmo, qué significó José para las tribus babilónicas que durante quinientos años dominaron a los egipcios y muchas cosas más. No muera sin leer el Génesis, porque es una de más valiosas joyas de la humanidad.

Néstor Luis González
Noticias24

lunes, 12 de septiembre de 2011

Sexo, libros y Rock and Roll



El escritor argentino Jorge Luis Borges estaba sentado un día en el restaurante de un hotel madrileño, cuando un hombre se arrodilló frente a él y dijo tomándole las manos: “Maestro, yo lo admiro”. El célebre cuentista, que estaba ciego, preguntó el nombre de su entusiasta seguidor y la respuesta comprobó que el rock y la literatura tienen mucho en común: “Mi nombre es Mick Jagger”.

El líder de los Rolling Stones casi se desmaya de alegría cuando su escritor favorito le dijo que sabía quién era él y que escuchaba temas de la banda. Aunque esta anécdota parezca un hecho aislado, muchos de los más grandes íconos del rock tienen pasión por la palabra escrita y hasta la disposición de sentarse a escribir poemas, cuentos y ficciones de todo tipo.

Uno de los casos más notorios es el Bob Dylan, quien ha sido nominado alrededor de diez veces al Premio Nobel de Literatura por la altísima calidad de las letras de sus canciones. Incluso el poeta británico Andrew Motion declaró a The Times que el autor de “Knocking on heaven’s doors” debía ser estudiado en la cátedra de lengua de las escuelas.

También el genial escritor Julio Cortázar se refirió a Bob Dylan equiparando su voz con la del mágico poeta Walt Whitman; y el crítico Christopher Ricks escribió un ensayo superior a las quinientas páginas elogiando su aporte a las letras universales.

Poeta maldito
En otra categoría, la más oscura, aparece la polémica figura de Jim Morrison, vocalista del grupo The Doors. En 1966 la banda no era todavía el paradigma mundial del rock psicodélico, por eso ofrecía conciertos en un local de Los Ángeles llamado Whisky a Go Go. Todo marchó bien durante varias noches hasta que la interpretación del tema “The End” se salió de control.

En medio de las improvisaciones propias de esa canción, Morrison dijo bajo los efectos de varias drogas: “padre, quiero matarte; madre, quiero follarte”, lo cual desencadenó la total furia del dueño del establecimiento y tuvieron que bajarse del escenario con la suerte de que un productor estaba presente y quedó tan impresionado por su talento que les ofreció grabar un disco.

Lo interesante del incidente es que tiempo después el mismo cantante confesaría que esas palabras tan sucias dentro de su tema realmente eran su propia versión de Edipo Rey, obra del griego Sófocles en la cual el protagonista mata a su padre y se enamora de su madre sin saber las identidades de éstos. Contra todo pronóstico, esta súper estrella salida de Melbourne, Florida, resultó ser un gigante en conocimientos de la cultura helénica.

La verdad es que Jim Morrison era poeta antes que músico. Sus antiguos profesores en la Universidad de California relataron que leía libros demasiado profundos incluso para ellos, y que conocía de memoria a autores como William Blake y Aldous Huxley. Estos nombres influyeron notoriamente en su obra, uno por su estética y el otro por su pensamiento, la mescalina y el LSD.

Aldous Huxley había publicado un libro escrito bajo los efectos de la mescalina titulado “The doors of the perception”. A Jim Morrison le gustaba tanto su obra, que además escribió tratados sobre las drogas psicodélicas y bautizó su grupo basándose en ese peculiar libro.

Es el líder de la banda The Doors quien mejor cumple la máxima de René Descartes según la cual: “Los malos libros provoca malas costumbres, y las malas costumbres buenos libros”.

Curioso es que recién al convertirse en la estrella norteamericana de rock más importante de su generación, y siendo el único capaz de competir con la invasión británica de los Beatles y los Rolling Stones, el cantautor se mudara a París para dedicarse de lleno a su verdadera pasión: la poesía. Firmaba sus versos como James Douglas Morrison.

Fabulosos pero con carro viejo
En 1997, los Fabulosos Cádillacs dedicaron una canción a Ernesto Sabato –es curioso que se escriba Sabato y se pronuncie Sábato por ser un apellido italiano-, escritor favorito del grupo. A propósito de aquel agasajo, los músicos se presentaron en la residencia del autor de El Túnel y compartieron una jornada histórica.
Lo primero que Sabato le preguntó a Vicentico era si en su casa no había peine, luego les reclamó por el nombre de la banda: “¿Por qué un carro tan viejo?”. En todo caso, y según fue publicado en el diario El Clarín en aquel año, Sábato se confesó amante de los Beatles y Vicentico aseguró: “nuestras canciones son simples artesanías delante de sus libros, maestro”.

Ernesto Sábato, que en aquel entonces contaba 86 años, de igual manera relató a los fabulosos Cádillacs su afición por la música negra, la cual dijo haber conocido en Bagdad y luego a través de un amigo senegalés, mucho antes de que se convirtiera en uno de los sonidos emblemáticos de los Estados Unidos y contribuyese a la formación del rock and roll.

Albert Einstein decía que la ciencia sin la religión es coja y la religión sin la ciencia es ciega. Más o menos así también funciona la relación entre la literatura y la música popular. Cuando una se olvida de la otra pierde. Por eso puede afirmarse que los libros sin el rock son obsoletos y el rock sin los libros es vacío.


Néstor Luis González
Playboy Venezuela. Febrero 2011.

martes, 7 de junio de 2011

El peón descalzo.


-Felucho, se me olvidó comprarte los zapatos. Me vas a disculpar esa –le dijo la dueña de la finca al peón sin verle la cara mientras acomodaba unos víveres sobre la tabla junto al fogón.

-No se preocupe, doña –respondió triste el pobre zambo.

Y Felucho debió andar descalzo otro año. Pero mantuvo la esperanza de que a la dueña de la finca no se le olvidara comprarle las botas la siguiente Semana Santa.

domingo, 22 de mayo de 2011

Don Ramón.


Otras versiones afirman que Don Ramón mantuvo durante muchos años la fachada de perdedor para expiar sus culpas tras haber sido el jefe de un poderoso cartel en Ciudad Juárez. Se convirtió en una sombra, en la burla de niños y vecinos, pero en el fondo fue feliz. Un día, cientos de soldados rodearon la vecindad para matarle. Don Ramón desapareció con su pequeña hija como Jean Valjean huyó alguna vez con Cosette.

miércoles, 27 de abril de 2011

Sofía ve angelitos y no sabe de qué hablo.


Bienvenida al mundo. Es inmundo, siempre lo digo, pero ya estás con nosotros y ahora debes asumir la responsabilidad de estar viva. Tu mamá te enseñará todo lo referente a la supervivencia, yo me limitaré mayormente a mostrarte cosas inútiles pero deliciosas como la literatura, el juego del escondite o balancear una escoba en la planta de la mano sin que se te caiga. He notado que aprendes con una velocidad envidiable, y eso me motiva a escribirte estas líneas como si mañana temprano las fueses a leer con el primer café del día. Tú ni te enteraste, pero anoche terminé de leerte Hamlet mientras intentaba que al fin te durmieras. Mentiría si te digo que sentí tu sobresalto al sonido del “ser o no ser”, tampoco te emocionabas con la intensidad de mi voz que iba y venía; tú sólo escuchabas atenta con una falsa cara de estar entendiendo y analizando cada párrafo. Al terminar el librito, seguí hablándote de cualquier cosa e igual mantenías la cara de inteligencia. Así, por fin comprendí que no tienes idea del idioma de los grandes. Tú andas en tu mundo viendo angelitos volar y te da lo mismo escuchar: “pásame la mayonesa” que “More matter with less art”, porque ambas frases son ruidos que no quieres descifrar aún.

miércoles, 6 de abril de 2011

Sobre la ficción y el infinito. Discurso.

El cuaderno cuarto de las memorias de Robert Musil contiene la historia de un dandi que se sienta a la mesa de un bar con una bailarina joven, bonita y hambrienta. El muchacho le compra un corzo asado a su acompañante, pide una cerveza, enciende un cigarrillo y empieza a mentirle. Al final de la noche lleva a la chica hasta la puerta de su casa y se despide con una mentira más: soy el violador de niñas como tú que colgaron esta mañana.

Ficticio, referencial o autobiográfico, ese cuento puede despertarnos la curiosidad: ¿Qué diversión puede haber en la mentira? O la empatía: ¿Acaso no he hecho yo algo parecido alguna vez? Y es que la necesidad de ficción parece estar en cada uno de nosotros: la mayoría ve series de televisión y películas, otros leen libros, y unos pocos prefieren estar del otro lado y los escriben, tal vez para jugar por un instante a ser dioses creadores de algo. Pero, ¿para qué?

Tal vez la pregunta “para qué” destruya toda posibilidad de arte, pero seguiré citando a Robert Musil. En el primer volumen de su gigantesca e inacabada novela “El hombre sin atributos”, el protagonista confiesa que si pudiera “aboliría la realidad”, una sentencia que resume la angustia de todo artista que no logra poner los pies sobre la tierra por estar inventándose otros mundos. Pero quienes no se los inventan y tienen los pies sobre la tierra también necesitan de otros mundos, y por eso van al cine, leen notas de farándula y ven Two and a half men; o sea que sobreviven en esta tierra pero disfrutan simultáneamente de una paralela, que no existe, pero es más divertida.

El utilitarismo y la súper especialización son los conceptos del progreso, por eso podría augurarse que en unos siglos tendremos que olvidarnos de la cultura para poder sobrevivir en un mundo muy poblado. Cada quien ocupándose de algo cuya utilidad sea inmediata, sin tiempo para soñadores.
Pero Jesucristo dijo que somos la sal del mundo, y si la sal no fuera salada no serviría para nada.

Si algún día la realidad lograra acabar con la ficción, no seríamos dignos de llevar el nombre de humanos, porque seríamos lo que Miguel de Unamuno nombró seres sin esencia y nos dividiríamos apenas entre movedores de palancas, presionadores de botones y otras extensiones de las máquinas que antes fueron extensiones nuestras.

Dijo Gandhi que si la muerte no fuera el preludio de otra vida, la vida presente sería una burla cruel. También podemos leer en el Eclesiastés que “Dios puso eternidad en el corazón del hombre”, y sí, de manera inconsciente nos creemos inmortales. En tal sentido, podemos encontrar en la ficción una alternativa a este mundo temporal, un enlace con lo espiritual, con lo que no se ve pero que de alguna manera nos consta que existe y que vendrá después de la muerte.
Caracas, Marzo 2011.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Zona preferencial


Allá, al final del vagón, están sentados los ancianos y de pie los que quieren esconderse. A las diez de la mañana poca gente se subió conmigo al tren de Sabana Grande con dirección a Propatria, poca gente pero siempre a uno le toca viajar de pie, porque quienes ocupan los asientos lo hacen desde 1980 y permanecen allí para que nadie se siente nunca más. Cuando arrancamos, canté Smooth Criminal y me valí del efecto que el inicio de la velocidad aplicó en mi cuerpo para inclinarme hacia adelante sin agarrarme de nada y simular el efecto anti gravitacional de Michael Jackson. Entonces la gente empezó a verme con una desaprobación tan obvia que caminé hasta el fondo del vagón, donde ancianos y mujeres embarazadas ocupaban los asientos azules mientras un transformista, un hombre sin cejas muy parecido a Paul Newman, una gorda increíble y un muchacho con una cicatriz gigante que le sustituía el ojo izquierdo se escondían de la intolerancia. Yo también estaba ocultando algo, creo que la locura.

domingo, 13 de marzo de 2011

Impresiones sobre el tordito


Toda persona con algo de cabello que camine por el sector Isla Borracha de Puerto La Cruz corre el riesgo de ser atacada por los torditos.

Los torditos son unos pajaritos negros que Moisés llama negritillos, y los gringos grackle caribe, pero cuyo verdadero nombre es quiscalus lugubris.

Anita, que es científico y se pone brava si le dicen científica, dice que los torditos hacen nidos respondiendo a un recuerdo heredado que debió comenzar con un primer tordito muy inteligente hace millones de años.

Yo, que soy poeta, digo que nadie enseñó a los pajaritos a hacer sus nidos, y que fueron ellos quienes nos enseñaron a los humanos a hacer los nuestros.

Rafael, el que se cayó de un árbol de tamarindo al cosechar los frutos del mismo, asegura que fuimos los humanos quienes les enseñamos a los torditos a ser tan violentos, y que ellos canalizaron su violencia contra nuestras cabelleras.

Sofía, que habla el lenguaje de los pájaros, explica que ellos no tienen nada en contra de nosotros, y que nos quitan el cabello porque lo necesitan para tapar las filtraciones de sus nidos.

viernes, 7 de enero de 2011

Laberinto, déjame salir


"Volvió a tocar la estatua y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos". Ovidio, Las Metamorfosis.

Dibujé un laberinto y me perdí en él. Sigo sin encontrar la salida incluso ahora, cuando usted está leyendo este breve texto que escribí recién al enredarme entre sus paredes.
El ingreso fue cosa fácil: ubicar los ojos en el centro de la hoja y listo. De inmediato empecé a desplazar la mirada hacia todos lados como sorteando posibles salidas: subí, bajé, doblé, ya va, cómo salgo de aquí. Intenté dejar la hoja sobre la mesa, botarla en la basura, abandonar el laberinto por medios humanos, pero me resultó imposible.
Tal vez me obsesioné con el dibujo, tal vez una fuerza desconocida me obliga a terminar lo que empecé. Creo que no puedo. Fíjese usted mismo cuán difícil es salir de esa maraña de rayas. A primera vista su aspecto es caótico, pero si estudia su composición a fondo, podrá notar el desgaste neuronal que implicó su construcción.
Me esmeré tanto en sus formas, en los símbolos de sus líneas y en asegurar una geometría no euclidiana, que olvidé inventar un método para salir en caso de emergencia.
Ahora que estoy más calmado, por no decir resignado, me viene a la memoria el caso de Pigmalión, quien se enamoró de una estatua que él mismo esculpió. Un día la estatua cobró vida y colmó de felicidad a su autor. Así, mi laberinto es tan perfecto que se volvió real, pero no es felicidad y sí confusión lo que puede darme semejante estructura. Ahora soy presa de mi propio invento, un Frankenstein víctima de su propio monstruo. Si no logro salir vivo, espero que al menos mi caso sirva de ejemplo para que nadie más haga laberintos que a fin de cuentas serán siempre garabatos del que ya tenemos y llamamos mundo.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Timón de Atenas enemigo de la amistad


Escribo estas líneas atendiendo la propuesta de un lector. Mis amigos más cercanos me critican por “creer que todo el mundo es bueno”, palabras textuales. Sé que tienen razón, pero no puedo evitar agarrarle cariño a la gente. A veces, una frase, la manera de dar la mano o una pasión en común pueden determinar el inicio de una repentina amistad. En su “Vida de Marco Antonio”, Plutarco legó a los siglos la historia de un tal Timón de Atenas, a quien describió como “un hombre malévolo y enemigo del género humano”. También Luciano de Samosata escribió de este personaje en un diálogo satírico, y hasta William Shakespeare llevó a las tablas, en colaboración con Thomas Middleton, una versión de la vida de este misántropo. Según esta última mención, Timón de Atenas era hombre rico que ofrecía grandes banquetes y presuntuosos regalos a todo aquel que le cayera tan bien como para llamar “amigo”. Poetas, pintores, señores de grandes regiones y simples lisonjeros acudían a su castillo cada día a pedirle algo. Él no se podía negar, su corazón era enorme. Cuando quedó en la completa ruina y quiso pedir auxilio a sus aliados para pagar deudas contraídas, nadie acudió a su socorro, todos ofrecieron excusas. Timón se quedó solo y resolvió irse a vivir al bosque como un ermitaño. Un día, en medio de un soliloquio depresivo, quiso volver a la tierra y comenzó a cavar para conseguir una raíz y comérsela. Pero la tierra se burló de él y en cambio le dio oro, oro en grandes cantidades, oro maldito, oro que usó para degenerar a la raza humana. A un pintor y a un poeta que siempre estaban juntos, les dio mucho de este metal a cambio de que terminaran esa amistad. Hizo de un simple soldado un hombre rico con la condición de que se volviera usurero y ladrón. A una prostituta le dio aún más oro para que se hiciera la más grande de las putas, destruyera familias y sedujera hombres de bien. El timón de las cavernas hacía rico a todo aquel que fuera capaz de vender su dignidad. La amistad es el mejor invento del ser humano y el oro el peor descubrimiento. No son buena combinación.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Discurso del héroe


Espero no defraudaros, pero no quiero llevar un nombre. Prefiero que me llamen como mejor os parezca. Díganme fulano, amigo, como sea. Nunca supe de padres, ni de familia, ni de amigos que se ocuparan de ponerme al menos un apodo. Cuando era niño y mendigaba por las calles de este pueblo, me decían niño; cuando era un mozo me decían mozo; cuando me volví cargador de agua todos vosotros me decían cargador. Ahora que he vencido a la bestia que nos azotaba, han querido saber mi nombre y os sorprendí al deciros que no tengo uno. El cura, a quien respeto sin saber por qué, me ofreció bautizarme. Por eso se supone que anuncie en este discurso de triunfo el nombre que quiero llevar a partir de ahora. No quiero ninguno. He visto a los perros de la calle morir de la misma manera que a los viejos hacendados. Nadie trasciende al perder el aliento. Todos los muertos son olvidados tarde o temprano por los vivos. Tal vez antes de enfrentar a la bestia me habría gustado llevar un nombre, algo así como José, Lope o Gonzalo, pero vi la muerte tan de cerca durante el combate que perdí el interés por ser diferenciado del resto de los hombres. Ojalá me perdonen los poderosos presentes, pero vosotros no sois más valiosos que el ciego pedigüeño en la puerta de la Iglesia. Aquí todos tenemos el mismo destino. No me premien con un nombre, más bien quítense el vuestro.

lunes, 18 de octubre de 2010

Una carta desde el estudio

Querida Ana, si todo marcha bien estaré contigo antes de que leas esta carta. Sé que apenas un pasillo me separa de ti, pero te escribo porque nunca se sabe. Aquí todo sigue igual. La computadora, la impresora, el teléfono y las cornetas blancas comparten desordenadamente el escritorio con cables y notas de farmacología. Hace un momento los gallos de la cuadra de abajo comenzaron con una ranchera triste y mal cantada que proclama melancólicamente el inicio de un nuevo día. Me pregunto con qué sueñas mientras yo te escribo. Una vez nos quedamos dormidos compartiendo la misma almohada y tuvimos el mismo sueño, pero tú no te acuerdas. Ojalá alguien me pagara por escribir cuentos y leer libros gordos, porque así podría llevarte al lugar con el que soñamos aquella noche tremebunda, pero yo tampoco me acuerdo del sueño y apenas me gusta imaginarme que también estuvimos juntos al menos una vez en el mundo de los dormidos. En breve soñarás que te miran. Quizá al despertar recuerdes una sombra sobre tu rostro. Era yo.

jueves, 7 de octubre de 2010

El huésped


Todo el tiempo supe que estaba dormido, que aquello era un sueño, pero no podía actuar con irresponsabilidad. Mi deber era apagar el fuego. El anciano que me daba hospedaje había salido a comprar víveres al pueblo. Yo estaba solo en su choza tratando de hacer un café y de pronto la mesa agarró candela. Cuando traté de apagarla sonó el teléfono. Desperté. A mala hora Movistar quiso informarme que me iban a cortar la línea por falta de pago. Ahora toda la vivienda debe estar hecha cenizas. Pobre viejito sin casa el que dejé en mi sueño. Es tardísimo y debo dormir, pero me da vergüenza volver. Momento. Alguien toca la puerta. Debe ser el viejito, que ahora se viene a vivir conmigo.

viernes, 6 de agosto de 2010

Lo indescriptible, lo inenarrable y lo real


Hay cosas indescriptibles: Borges describió una cajita donde se podía contemplar todo el universo a la vez, Alanus de Insulis una esfera cuyo centro está en todas partes, Ezequiel un ángel de cuatro caras que al mismo tiempo se dirige a los cuatro puntos cardinales ª. Hay cosas inenarrables: Neruda le escribió un poema a una mujer que ya no amaba, Cortázar narró el suicidio de las gotas de lluvia, Juan intentó detallar las actividades del reino de los cielos. Emprendo ahora yo también el camino de lo indescriptible y lo inenarrable. Escribo el cuento que no se puede, la novela destinada a no existir, el poema llevado por el viento, el ensayo incomprensible sobre los extraterrestres zurdos. Es el turno de mi propia, ciega, indescifrable y rara historia: la de una vida ficticia que ha de volverse real y común mientras yo me encasillo en el ejercicio de respirar para mantenerme vivo. Dejaré de jugar que mis días pertenecen a un raro libro de simbolismo, dejaré de brincar en una pierna cuando cruce la calle, y de imaginarme que el semáforo en rojo es mi oportunidad de llegar al cielo a través de la rayuela; dejaré de ser el borracho culto de la plaza al amanecer, pero jamás seré un tipo normal.

a: Borges, El Aleph.

lunes, 29 de marzo de 2010

El mito del planeta de los pequeños tiranos


¿Es esa la sabiduría de los mayores?
Ja, Esperen a escucharme a mí.
Esteban Dédalus.

Érase una vez un mundo no muy lejano del nuestro en el que los hijos gobernaban a sus padres desde que cumplían quince años hasta los veinte, cuando generalmente se iban de la casa dispuestos a abrirse camino en la vida. La causa de tal proceder era que supuestamente las nuevas generaciones serían por lógica más evolucionadas que las anteriores, y como consecuencia directa los padres se esmeraban en la formación de sus hijos de manera que no les salieran con alguna patada cuando agarraran las riendas del hogar a los quince. Hablo de un mundo más o menos centralizado y medio dictatorial, pues el vástago tenía derecho a quedarse en casa mandando durante toda su vida, obvia culpa de malos padres. De cualquier modo, los padres podían demandar cualquier exceso por parte de sus hijos así como en nuestro mundo sucede lo mismo pero al revés. Cierto decreto permitía a las parejas reproducirse una sola vez, pero con el tiempo no pudo evitarse que por miedo a engendrar un tirano la gente optara por no tener descendencia. En menos de cien años la población se diezmó por culpa de los métodos anticonceptivos permanentes, y un buen día murió de soledad el último representante de aquella raza. Con los siglos la existencia de ese mundo se convirtió en mito, y poco a poco fueron desapareciendo los rapsodas que cantaban su historia, pero hay acontecimientos que parecen tener vida propia y se niegan a quedar en el olvido dispuestos incluso a reaparecer en la mente de un escritor como yo aunque por eso se los tilde de ficción.

lunes, 4 de enero de 2010

Monólogo


Hace poco más de un mes protagonicé algunos cambios radicales por ejemplo eliminé los programas de radio y televisión que secundaban mis textos me aparté de los medios de comunicación y dejé de ir a los eventos sociales esos donde me daban tequeños y güisqui e incluso me mudé ahora vivo en una finca donde todos los días pasa lo mismo o sea que abolí el tiempo y el espacio para leer y escribir con tranquilidad preocupándome sólo por cerrar la ventana cuando la brisa trae polvo y sucede que al principio fumaba más de lo normal pero como me quedé sin dinero y por aquí no venden Marlboro Rojo me conformo con quitarle uno de vez en cuando al que me visite pero aparte del estudio me distrae sentarme en una silla de cuero a ver las sombras de las vacas contra el sol o caminar hasta la laguna para lanzar piedritas que rebotarán dos o tres veces sobre el agua antes de sumergirse para siempre yo pienso en muchas cosas pero recuerdo pocas porque me gusta más mi presente simple que aquel pasado complejo y lascivo es que aquí las vacas saben más de Whitman que las mujeres de la cuidad y los campesinos parecen habitantes de Macondo me interesé por la obra de Juan Carlos Onetti apenas llegué aunque como Santamaría es un pueblo tan melancólico y aberrado como yo retomé a Sherlok Holmes pero era de suponer elemental mi querido Wattson me aburrí como al cuarto capítulo y quise volver al tiempo en que la literatura todavía tenía posibilidades de originalidad por eso bajé varios clásicos de www.librodot.com y me entretuve días enteros sin embargo tarde o temprano me hizo tanta falta la maldad que Dante Horacio y algunos otros se me figuraron más bíblicos que Salomón por cuanto retomé a James Joyse e inspirándome en el último capítulo de su Ulises desarrollé el monólogo que aquí transcribo tal y como lo pensé por cierto que ando buscando un libro de Camilo José Cela llamado Jesucristo versus Arizona en el que no hay signos de puntuación sino hasta el final del monólogo de cien páginas que comprende la novela o sea que es algo parecido a esto que termina aquí con este punto.