
Crucé la calle buscando lo que no se me había perdido. Lo hice a propósito. No me culpes. Un arranque. Los carros venían desde la derecha y yo lo sabía, por eso miré hacia la izquierda, levanté el libro que traía en la mano, simulé una lectura y caminé.
La decisión había nacido en mi cabeza diez o veinte segundos antes. Influyeron el calor, la certidumbre de que nadie pegará el botón que le falta a mi camisa, la gotita de sudor en mi sien, el Rolex prestado, los zapatos de vestir llenos de barro, el pantalón de lino sin ropa interior, otra gotita de sudor; también el recuerdo de la tortilla de huevos que intenté preparar en la mañana y logré comerme contra todo pronóstico, una tortura.
No me culpes, insisto. Yo sólo quería algo diferente. Un final, por ejemplo. El fin de las incomodidades cotidianas. Es terrible haber dejado el desodorante en la oficina y tener que salir a mediodía de tu casa sin él: los olores se concentran y uno sólo piensa en caminar rápido para untárselo en las axilas cuanto antes, pero entonces hay que llegar a la empresa lavándose los sobacos porque el desodorante es Roll-on y no spray. Si llevas seis libros debajo del brazo es peor, huele peor. Si crees que los libros son tú alivio a la soledad y sólo te alejan más de la gente es peor, duele peor. Supongo que estás comenzando a entender por qué me le lancé a la calle de esa manera.
Caminé. Tuve miedo de dar el primer paso, pero después sólo debí repetir el procedimiento con la otra pierna y luego con la primera de nuevo, o sea, caminé. Durante una fracción de segundo me encontré en medio de la calle y tuve más miedo que al principio. Pero nada pasó. Crucé con facilidad y ningún carro hizo lo suyo, lo mío, no me pasó nada. Menos mal. Todavía tengo miedo.





















