
Me lanzó la verdad como tierra en la cara. Me dijo: eres una mala persona, y debí callar porque supe de inmediato que la frase incluía mis iniquidades, mis vicios, mis pecados y hasta mis más horrendos crímenes. ¿Crímenes? Sí, no estoy exagerando. He hecho cosas por las que iría a la cárcel si llegan a saberse. También he denigrado a toda la raza humana con mis pecados. Claro que estoy arrepentido, pero como me dijo quien me acusó de mala persona: eso no basta.
No sé en qué momento de la historia o de la prehistoria comencé a obrar mal, sólo sé que me sumergí en el más helado de los fangos y que me reí como idiota mientras ejecuté la mitad de esos pecados. No se trata de religión. Una acción se vuelve pecado cuando hunde al protagonista y a sus semejantes, cuando rebaja al individuo de su condición humana, cuando atenta en contra de la dignidad propia y de la ajena.
Semanas antes de juntar estas letras estuve delante de Dios. Debo destacar que su presencia es tan grande que no puedes mantenerte sobre tus piernas. Lo sientes meterse por debajo de tu piel y se estremece cada ápice de tu sistema nervioso. Hablo de algo demasiado gigante como para que lo entiendas a través de letras, pero si eres muy inteligente como para creer en la existencia de un ser superior, entonces deja de leer porque estas líneas no fueron dispuestas para super eruditos como tú.
Claro que me arrepentí de tanta porquería, pero eso no basta. Sé que no basta. Mi llanto era enorme porque la culpa se me había juntado con la dificultad de entender la grandeza del espíritu creador delante de mí. Juro por mis días sobre la tierra que no hay nada más grande. Entonces mis entrañas hablaron.
Al momento creí que mi cerebro había buscado una salida, pero luego supe que el mismo Hijo me había hablado. Las palabras que sentí salirme de adentro fueron:
“Pero mi muerte fue más grande que todos tus pecados juntos”.
Esa era la verdadera verdad.
Jesús murió para limpiar nuestros pecados.
Si quieres que tu existencia cambie para siempre lee esto en voz alta:
“Jesús me compró con su sangre preciosa y ahora le pertenezco”.



















