lunes 9 de noviembre de 2009

La verdadera verdad


Me lanzó la verdad como tierra en la cara. Me dijo: eres una mala persona, y debí callar porque supe de inmediato que la frase incluía mis iniquidades, mis vicios, mis pecados y hasta mis más horrendos crímenes. ¿Crímenes? Sí, no estoy exagerando. He hecho cosas por las que iría a la cárcel si llegan a saberse. También he denigrado a toda la raza humana con mis pecados. Claro que estoy arrepentido, pero como me dijo quien me acusó de mala persona: eso no basta.
No sé en qué momento de la historia o de la prehistoria comencé a obrar mal, sólo sé que me sumergí en el más helado de los fangos y que me reí como idiota mientras ejecuté la mitad de esos pecados. No se trata de religión. Una acción se vuelve pecado cuando hunde al protagonista y a sus semejantes, cuando rebaja al individuo de su condición humana, cuando atenta en contra de la dignidad propia y de la ajena.
Semanas antes de juntar estas letras estuve delante de Dios. Debo destacar que su presencia es tan grande que no puedes mantenerte sobre tus piernas. Lo sientes meterse por debajo de tu piel y se estremece cada ápice de tu sistema nervioso. Hablo de algo demasiado gigante como para que lo entiendas a través de letras, pero si eres muy inteligente como para creer en la existencia de un ser superior, entonces deja de leer porque estas líneas no fueron dispuestas para super eruditos como tú.
Claro que me arrepentí de tanta porquería, pero eso no basta. Sé que no basta. Mi llanto era enorme porque la culpa se me había juntado con la dificultad de entender la grandeza del espíritu creador delante de mí. Juro por mis días sobre la tierra que no hay nada más grande. Entonces mis entrañas hablaron.
Al momento creí que mi cerebro había buscado una salida, pero luego supe que el mismo Hijo me había hablado. Las palabras que sentí salirme de adentro fueron:

“Pero mi muerte fue más grande que todos tus pecados juntos”.

Esa era la verdadera verdad.

Jesús murió para limpiar nuestros pecados.
Si quieres que tu existencia cambie para siempre lee esto en voz alta:
“Jesús me compró con su sangre preciosa y ahora le pertenezco”.

lunes 2 de noviembre de 2009

Feliz cumpleaños (otro cuento raro)


Lo insólito del relato llegó cuando sopló las velas. Eran las nueve de la noche y todos estaban reunidos alrededor de la mesa rectangular para cantar cumpleaños. Las botellas de ron y vodka glacial estaban sobre la otra mesa, la de la cocina, donde fumar era un rito y la brisa pasaba gigantesca de vez en cuando por la ventana. A las ocho y cuarenta y cinco todavía jugaban mímica, y por un bloqueo mental que no busco comprender nadie adivinaba la palabra pinocho pese a los múltiples estiramientos de nariz y a la perfectísima pantomima de marioneta que hacía la cumpleañera. Tiempo, perdieron, estaba facilísimo, pinocho. ¿Pichocho? !Qué fácil¡ ¿Qué nos pasó? Les toca a ustedes. No, vengan a cantar cumpleaños. Apaguen la luz de la sala.
Cumpleaños feliz, te deseamos a ti, cumplea
Quien toca la puerta. Abre que la van a reventar.
Qué raro. No había nadie. Bueno, debe ser que se equivocaron.
Cumpleaños feliz, te deseamos a ti, cumpleaños
TAN TAN TAN TAN
Abre vale. Ahora sí. Van a reventar esa puerta.
Ni siquiera el que le dio vuelta a la perilla identificó a la sombra cuando entró, y eso que la luz del pasillo se coló en la sala juntándose con la de la cocina. Nadie supo de quien se trataba porque casi todos estaban concentrados en la torta, en la cumpleañera o ellos mismos. Entonces se cayó el servicio eléctrico y la sombra perdió importancia. Sólo las velas sobre el el círculo de chocolate alumbraban el escenario, y la protagonista era la cumpleañera porque su rostro era lo único que se distinguía entre ese tumulto de sombras. Mientras tanto, la otra sombra, la que acababa de entrar, estaba sentada sobre un sillón en el recibo asistiendo a todo desde lejos y cruzando alternativamente la pierna izquierda y luego la derecha. Algo se veía allá, al fondo, sobre el sillón; pero como nadie quería perderse un instante del conjuro de un año más, todos comenzaron de nuevo a cantar cumpleaños feliz te deseamos a ti...
¡Ehhhh..! Pide un deseo. Uhm, ya, phussssssssss. Volvemos al inicio del cuento, les dije que lo insólito llegó cuando sopló las velas. Es que en vez de apagarse, la llama se trizó en mil brillitos encendidos que inundaron la sala e hicieron resplandecer cada cosa. Poco a poco hasta el cenicero sobre aquella mesita adquirió una belleza jamás contemplada. Los brillos se multiplicaban ante la mirada atónita de los presentes y la sombra había comenzado a reírse a carcajadas. Algunos ya estaban llorando de felicidad y todo se volvía cada vez más blanco. Era magia, fantasía, sublimidad, algo raro pero hermoso. La sombra también había dejado de serlo, pero no se la podía distinguir, hombre, mujer, cosa, era algo y punto, pero algo inolvidable que todos sabían responsable de aquel deleite de luz blanca. Ahora nada se veía, todo estaba blanco, como en los sueños, como cuando los buenos de las películas mueren y van al cielo, todo era luz, algunos gritaban poseídos por lo hermoso, otros bendecían el aliento multiplicador de luces de la cumpleañera. En ese momento, en el paroxismo, volvió el servicio eléctrico poniendo fin a la magia. Todos buscaron a la sombra, pero no estaba, fuera lo que fuera dejó su regalo y se marchó. Porque para una sombra el mejor regalo que puede dársele a alguien es la luz.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Perdón, Polifemo. Yo también soy un cíclope.


I Escape

Heme aquí, Polifemo: fui yo quien te vació con una lanza tu único ojo para escapar de tus dientes. Soy Ulises, fecundo en ardides, el más astuto de los mortales, el más admirado del Egeo. Alcánzame si puedes, hijo de Poseidón. Me mofo de tu barba y de tu panza cegata. ¿Tú pretendías devorarme? Pobre criatura de ignorancia infinita. Seguiré burlándome eternamente de tus males, y, oh, oh… Espera, ¡No! ¡No hagas eso! Por favor, te lo suplico. Solo jugaba. Era una broma. ¡NO! Por favor detén tu furiaaaaaaaaaaaaaaa…

II Carta enviada por Ulises durante el resto del viaje a Ítaca

Sé que no podrás leer esta carta, pero necesitaba enviártela. Fue hace tanto tiempo, Polifemo. Lo he lamentado todos los días de mi vida. No te pido perdón porque ustedes los cíclopes desconocen tal palabra, pero quiero que sepas que estoy arrepentido por lo de tu ojo: ojalá sacarme los dos míos pudiera compensar la pérdida del único que tenías. Una lástima. Créeme, no son las consecuencias de tu furia el motivo de mi recapacitación; todo fue por una mujer, como siempre. Es que su desprecio, su indiferencia, su sustancia de ente superior se mofan de mí conforme yo me burlé de haberte dejado ciego. No te creas, Polifemo, yo también soy un cíclope: no tendré un solo ojo, pero sí un solo corazón que está tan destrozado que te invito a cobrar venganza vaciándome el pecho con tu lanza. A todos nos toca interpretar a Ulises o a Polifemo en distintos momentos del tiempo. Me duele la circunstancia: el calor, el frío, la pereza, la soledad, la gente, el silencio. Casi como si me doliera existir. Es terrorífico. Mi llanto tiene nombre de mujer, Te lo repito, Polifemo, pero no sé como comportarme delante de ella. No hablo de Penélope, ella me aguarda en Ítaca, me refiero a la musa de todos los días, la del mirar argénteo. No sé qué hacer. Soy un niño en las cosas del amor y un feto en las del desamor. Es chimbo. Triste. ¿De qué te sirve el pecho si no sienten lo mismo por ti? ¿De qué te sirve un talento si nadie lo comprende? Qué talento nada, si nadie lo entiende no es un talento. Punto. Penélope, no me esperes, cenaré en la oficina. Musa, ya lo sé: te molesta mi amor, mejor arranca de aquí, soy demasiado mediocre para ti.

miércoles 29 de julio de 2009

Dame un poquito de sangre


Sí, ella, la de la personalidad desconcertante, la del encanto. Era su recuerdo el que no me dejaba dormir, eso y un mosquito zumbándome en la oreja como para informarme que me chuparía la sangre en el momento menos esperado, porque así son los mosquitos: quieren demostrarte su superioridad a como dé lugar y no toleran que se los subestime. Comenzaba a desvariar y advertí que ya estaba durmiendo, pero precisamente esa certidumbre me despertó y debí comenzar a contar ovejas saltando obstáculos como los que usan los atletas en los cuatrocientos metros con vallas; así son mis ovejas, lo siento. Entonces apareció el ministro de Energía y Petróleo en un evento socialista y yo tratando de seducir a su secretaria a un costado de la concentración. Sólo al notarme envuelto en una sábana delante de todo el mundo supe que estaba soñando, pero incluso en el sueño me daba vergüenza que la secretaria me acariciara en público y me dijera que nos acostáramos un ratito mientras el ministro declaraba a la prensa. Al acostarnos me hizo la pregunta que marcaría el destino de aquel sueño para siempre:
-¿Conoces a Fulano?
-Claro, es mi amigo –respondí engreído.
-¿Amigo? ¿Qué tanto? –volvió a preguntar la secretaria del ministro poniendo los ojos bien chiquitos a manera de duda.
-Gran amigo, diría que uno de los mejores.
-¿Dices la verdad? –insistió.
-Claro, es como mi hermano. Jamás lo traicionaría –concluí con autoridad.
En ese instante aparecí en mi cama con la novia de Fulano.
Estábamos acostados y nos veíamos los rostros como queriendo decirnos mil millones de cosas, pero interrumpí cualquier conato verbal besándole las mejillas con pasión. Ella se dejaba y echaba la cabeza hacia atrás como invitándome a saborear su cuello.
Sonó el timbre de mi departamento.
-Espérame, ya vengo –le dije a la novia de Fulano.
No fue preciso llegar a la puerta. Quienes tocaban el timbre tenían llave y pasaron registrando todo a su paso. Se trataba de un montón de señoras mayores de sesenta años que halagaban cada de detalle de mi morada con ojos de querer alquilar las habitaciones.
Le dije a la novia de Fulano que se escondiera en el baño. Atendí a las damas con mi temporal compañía para que no pensaran que estaban solas. Luego me excusé para ir al baño y al entrar besé los labios de la novia de Fulano. Seguí besándola con suavidad y cuando quise volver a sus mejillas descubrí que el centro de éstas no guardaban uniformidad cromática con el resto de aquella deliciosa piel canela; eran pálidas, cetrinas, pero eso me daba más morbo. La besé y abrasé. Fue en ese instante cuando me hizo la otra pregunta importante del sueño:
-¿Me puedes dar un poquito de tu sangre, por favor?
-Claro, pero, no entiendo.
-Ven acá, chico –quiso aclarar mis dudas amarrándome una liga amarilla al brazo derecho para buscarme la vena.
Sacó una jeringa de la cartera y yo estaba tan consternado con todo aquello que terminé por dejarme llevar.
Apenas me clavó la aguja -o debo decir el aguijón, porque la novia de Fulano resultó ser el mosquito- desperté y seguí pensando en la de siempre.

miércoles 8 de julio de 2009

Un arranque



Crucé la calle buscando lo que no se me había perdido. Lo hice a propósito. No me culpes. Un arranque. Los carros venían desde la derecha y yo lo sabía, por eso miré hacia la izquierda, levanté el libro que traía en la mano, simulé una lectura y caminé.
La decisión había nacido en mi cabeza diez o veinte segundos antes. Influyeron el calor, la certidumbre de que nadie pegará el botón que le falta a mi camisa, la gotita de sudor en mi sien, el Rolex prestado, los zapatos de vestir llenos de barro, el pantalón de lino sin ropa interior, otra gotita de sudor; también el recuerdo de la tortilla de huevos que intenté preparar en la mañana y logré comerme contra todo pronóstico, una tortura.
No me culpes, insisto. Yo sólo quería algo diferente. Un final, por ejemplo. El fin de las incomodidades cotidianas. Es terrible haber dejado el desodorante en la oficina y tener que salir a mediodía de tu casa sin él: los olores se concentran y uno sólo piensa en caminar rápido para untárselo en las axilas cuanto antes, pero entonces hay que llegar a la empresa lavándose los sobacos porque el desodorante es Roll-on y no spray. Si llevas seis libros debajo del brazo es peor, huele peor. Si crees que los libros son tú alivio a la soledad y sólo te alejan más de la gente es peor, duele peor. Supongo que estás comenzando a entender por qué me le lancé a la calle de esa manera.
Caminé. Tuve miedo de dar el primer paso, pero después sólo debí repetir el procedimiento con la otra pierna y luego con la primera de nuevo, o sea, caminé. Durante una fracción de segundo me encontré en medio de la calle y tuve más miedo que al principio. Pero nada pasó. Crucé con facilidad y ningún carro hizo lo suyo, lo mío, no me pasó nada. Menos mal. Todavía tengo miedo.

domingo 14 de junio de 2009

Una especie de juego, el espía.


En el cinco una mujer delgada y joven habla desenfadadamente con dos hombres. En el cuatro las cortinas están cerradas, pero de vez en cuando alguien se mueve sobre el único resquicio de luz amarilla. En el tres la televisión está encendida, nadie la ve. Otra mujer aparece en la enorme ventana del piso cinco y le dice algo a la primera. Los dos hombres que las acompañan hormiguean como haciendo algún oficio por toda la sala, ahora uno de ellos está viéndome, pero seguiré pintando este retrato porque es de casi doscientos metros nuestra separación. Jugaré a que que viven y estudian juntos, uhm… no veo libros en aquella repisa, supongo que ingeniería, sí, eso o informática. El apartamento es alquilado, de no serlo habría cuadros en la pared, como en el piso tres, donde el paisaje de un bosque verdísimo da biodiversidad al hogar. Ahora es la segunda mujer en aparecer quien me mira como queriendo saber de dónde salió este espía. A partir de ahora se llaman Juana, Petra, Juan y Pedro. Sus pijamas me comprueban que realmente viven juntos, y sabiendo que sólo hay dos habitaciones se convierten inmediatamente en parejas. Juan y Juana son novios desde hace cuatro años, Petra y Pedro desde hace uno. Una noche estaban viendo una película morbosa y comenzaron a hacer el amor los unos delante de los otros, luego comenzaron los intercambios y ahora la cuestión es un zaperoco en el que nadie sabe quien es Juan, Pedro, Petra o Juana. Todos con todos todo el tiempo. Entonces llegaron las complicaciones que aún enfrentan, porque de vez en cuando Pedro se olvida de su propia identidad y se pone la ropa de Juan, cosa que también le ocurre a Juana con la ropa interior de Petra y versavice. En el piso Tres alguien apagó la televisión y las luces, el cuatro sigue sin novedad

lunes 4 de mayo de 2009

La curvatura del chinchorro


Sólo meciéndome en un chinchorro pude comprender las dimensiones de nuestra separación, aunque tal vez no sea separación la palabra más idónea porque ésta supone una unión previa, y entre nosotros nunca nada de nada. El hecho es que queriendo calcular la distancia exacta entre ambos, los movimientos curvilíneos del chinchorro torpedearon las bases de mis reflexiones sobre la manera correcta de acercarme a ella y conquistarla. Antes del chinchorro, la distancia más corta entre un punto y otro fue siempre una línea recta; o sea que seducirla habría sido cuestión de caminar hacia ella y bla, bla, bla. Ahora no. El balanceo del chinchorro abrió mis ojos. Siempre estuve errado. Las líneas rectas no existen ni siquiera cuando un estudiante las traza con una regla en el cuaderno de dibujo técnico. Incluso la luz viaja formando una parábola a su paso. En un universo aparentemente doblado o redondo nada puede ser recto, nada, y mucho menos el camino que me llevará a ella.

martes 28 de abril de 2009

Es como...


Es como el hambre, un ardor, pero más arriba, en el pecho. Caliente. Duele. Es amor. Qué palabrita. Amor. Generalmente nace de algún contacto, de alguna mirada, o del sofá donde dos se sientan para alejarse del tumulto de un cumpleaños. Nace también del cómo te llamas, de la hora del almuerzo en la oficina, de la complicidad para eludir la cola del banco y hasta terriblemente del qué signo eres. Es amor. No tiene que ser recíproco, nada lo es en esta vida. Siempre hay uno que ama más. A veces incluso hay una que ama y uno que no ama, o al vesre, casi siempre al vesre, al revés, perdón. Qué trillado el tema del amor, qué palabrita, repito. A veces sentimos movimientos tan gloriosos en el pecho que la palabrita nos resulta poca cosa y empezamos a buscarle otro nombre al sentimiento, pero sólo jugamos a los hipócritas porque siempre es amor. Incluso el odio es amor. El odio también duele, también es como el hambre, un ardor. Pero no hablo de odio, hablo de amor. Qué cacofónico el tipo que escribió esto. Pero más cacofónico y monótono es usted, lector, que sigue leyendo esta pistola de repetición que habla de otra pistola de repetición, del amor, del amor que también es un ser viviente cuyo momento más doloroso es el suicidio, la resignación, la estupidez que mueve nuestros labios para decir que a fin de cuentas no me gustaba tanto. Usted deje de leer esta taquicardia escrita y corra a declarársele a su amor, y si ya lo tiene corra a darle un beso. Valore su amor. Qué cursi el tipo que escribió esto, será por eso que no tiene amor.

miércoles 22 de abril de 2009

Algo que vi al cerrar los ojos


No sé si realmente los vi o sólo los imaginé, pero estoy segurísimo de que eran ángeles. Yo tenía como ocho años y en la Iglesia celebraban el Día del Niño, cosa que me tenía sobresaltado de alegría y verdadero entusiasmo. Mi mamá dijo quédate quieto un momento vale que me estás haciendo pasar pena como siempre, y fue entonces cuando la predicadora al micrófono aseguró que todos los niños verían ángeles si cerraban los ojos. Recuerdo el sentimiento de miedo que me invadió ante la posibilidad de ser el único niño de la congregación sin ángeles, pero apenas cerré los ojos allí estaban: agarrados de las manos formando un círculo como de quince o veinte, todos altos, vestidos de blanco resplandeciente y; bueno, no recuerdo colores porque, como todos saben, el mundo antes era en blanco y negro como las películas de mucho antes. Al llegar a mi casa me preguntaban cómo eran los ángeles y yo decía que altos y agarrados de las manos. Otro niño los vio parados en una escalera y supe que no habíamos visto los mismos ángeles. Lo cierto es que todos mis amigos hablaban de aquella experiencia. Hoy cierro los ojos mientras avanzo en la escritura de este cuento y no veo otra cosa que la luz del bombillo de mi habitación filtrada de rojo por mis delgados párpados. Sé que siguen cuidándome las espaldas por orden divina, pero nada me gustaría más que volver a ser un niño para poder verlos de nuevo.

martes 17 de febrero de 2009

Lo sublime, lo mundano


Me duele la circunstancia: el calor, el frío, la pereza, la soledad, la gente, el silencio. Casi como si me doliera existir. Es terrorífico.
Emprendo el camino y descubro una flor minúscula que para mí es hermosísima, pero está sola y me suplica con cierta reverencia que la mate. Se me ocurre sembrarla junto a las demás de su especie pero las flores son destructivas y superficiales cuando están juntas; las solitarias son las únicas que no están contaminadas por la certidumbre de su belleza. Arrancarla y dejarla en un jardín es dejarla morir lentamente en medio de humillaciones, por eso prefiero redundar en la metáfora y dársela a una mujer-jardín que la colocará en su cabeza dándole una utilidad sublime en la agonía de la muerte. Se marchita y sucumbe sonriendo. La veo morir lentamente y soy el más dichoso de los asesinos. Lágrima. Sonrisa. El último deseo de la flor es un beso asesino-tumba.
Me duele la circunstancia: el calor, el frío, la pereza, la soledad, la gente, el silencio. Casi como si me doliera existir. Es terrorífico.
Los niños juegan mientras el cóndor los sobrevuela hambriento. Yo me subo al tejado y como no se hablar les canto:
Vean hacia arriba
Que viene el cóndor
Cha cu cha,
El ritmo que se baila
Cha cu cha,
El ritmo que se goza
Vean hacia arriba
Que viene el condor.
Entonces el cóndor me lleva a mí y los niños se mueren de viejos sin entender el peligro.
Me duele la circunstancia: el calor, el frío, la pereza, la soledad, la gente, el silencio. Casi como si me doliera existir. Es terrorífico.

martes 3 de febrero de 2009

Fábula sin moraleja


Sábanas blancas. Mujer insatisfecha sobre cama. Hombre pedante viendo por ventana de motel a prostituta que le hace señas. Media caja de cónsul destapada y uno en boca de hombre. Etiqueta roja en mano, con soda y poquísimo hielo, no había más en el congelador. Hombre pensando en posibilidad de hacer subir a prostituta a habitación para continuar lo iniciado con mujer. Mujer se revienta de rabia y bautizará a hombre 60 segundos entre sus compañeras de trabajo en la empresa de limpieza. Hombre jura haber agotado sexualidad de mujer y prostituta no ha logrado hacerle entender a hombre que le saldrá caro el servicio.
Prostituta sube escaleras de motel, toca puerta y hombre abre. Mujer no termina de comprender y decide hacerse la dormida. Hombre y prostituta se acomodan en cama y mujer comienza a tocarse mientras los ve y la rozan. Hombre llegó esta vez a 57 segundos y prostituta quedó excitada. Mujer también. Hombre disfraza de indiferencia la certidumbre de su problema mientras mujer y prostituta tienen sexo y hombre fuma cónsul.
Dos días después mujer toca timbre de edificio. Vigilante le pregunta a quién buscas y ella dice al periodista fulano de tal, vine a hacerle un servicio. Vigilante se emociona, ve senos de mujer y pregunta cuánto cobras por servicio. Mujer dice 100 si llamas a la empresa de limpieza y 60 si hablas conmigo directamente porque también trabajo por mi cuenta.

miércoles 14 de enero de 2009

Estado civil: azar


No sé en qué momento de historia o de la prehistoria nos conocimos, sólo sé que estoy condenado a encontrarla en los lugares más insólitos de la ciudad y de mi mente. De su nombre no tengo idea, pero su cara la conozco como un condenado a muerte las paredes de su última celda. Basta con dejar de pensarla para que aparezca en el banco, en el centro comercial, en el supermercado o en la clínica. Nos vemos desde lejos y nos deseamos con ojos húmedos, pero ambos sabemos que hablarnos bastaría para romper el conjuro y acabar con la mágica connotación de nuestra rara historia. A veces nos sentimos solos, de vez en cuando ella llora y mis entrañas me lo informan para que la acompañe en su dolor. La casualidad nos une y el pecho se me calienta. Ella concentrada en su celular y yo viéndola en silencio hasta que percibe mi presencia y el amor le brota gaseoso y rosa de la epidermis, entonces me ve y tímidamente baja la cabeza como sin poder soportarme y pareciéndose a gioconda más por cierto sfumato sobrenatural que por la sonrisa. Es de noche. No nos extrañamos. Así es lo nuestro. No pido que lo entiendan, sólo a nosotros nos corresponde hacerlo. Somos tan felices en nuestro casino de miradas instantáneas que si me preguntan estado civil debo decir: azar.

lunes 5 de enero de 2009

Guerra contra el tiempo


El reloj está cansado de su propio círculo vicioso.
Yo también.
En el lavamanos comienza a formarse una gotita que inevitablemente caerá, la ropa sucia es el hogar de criaturas viscosas y de difícil clasificación, dos espejos encontrados en el pasillo se multiplican infinitamente, aún pienso en aquellos ojos, el bombillo lleva una semana encendido pero en la cajita decía mil horas y las horas pasan en vano porque ninguna diferencia hay entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde.
He resuelto destruir todos los relojes de la casa en cuanto me dejen solo. Tampoco se salvarán los calendarios porque nos acortan las vidas y creo que deben estar dañados. Resulta que llegué el viernes diecinueve y han sido tan similares los días que, tres semanas después, sigue y seguirá siendo viernes diecinueve hasta que ocurra algo distinto y capaz de hacerme pensar en la posible llegada de un sábado 20.
Estoy cansado de mi propio círculo vicioso.
El reloj también.

jueves 11 de diciembre de 2008

Me justifico, ¿y qué?

No les importa por qué el agua del mar es salada, aprendieron a leer sólo para no confundir sal con azúcar a la hora del café, cantan en inglés porque qué ladilla el español, creen en la virgen del valle porque nunca han abierto una Biblia, odian a Chávez porque es más fácil que criticarlo con bases, y pese a todo eso me reclaman cuando no entienden mis textos.
No quiero complacer a nadie. No me da la gana. Estas palabras no llevan una pistola subliminal apuntándote a la cabeza para que las leas. Si te sientes ofendido puedes concluir la lectura cuando gustes. Incluso te ofrezco un final alternativo para que no sigas soportándome. Asúmelo sin remordimiento si lo anterior te afecta:
FIN.
Sigues leyendo y eso significa que estás de mi lado. Perfecto. Habrás entendido que sólo escribí los dos primeros párrafos para deshacerme de los malos lectores, de esos que enloquecen por los libros de autoayuda y consideran a Paulo Coelho el mejor escritor de todos los tiempos. Si te sientes afectado por este párrafo puedes abandonar la lectura aferrándote a este nuevo final.
FIN
Pido sinceridad. No leas esto para entretenerte. Si te sentiste ofendido o identificado con mis patrañas deja de leer YA. Acabas de relacionar este texto con un embudo discriminatorio y todavía no sabes de qué se trata. Bueno, como llegaste a este punto de la lectura –espero que honestamente- te diré que sólo quiero recomendar cinco libros para que los buenos lectores como tú disfruten en grande. Antes hablaré mal de los best sellers gringos. ¿Qué? No me digas que te gustan los libros tipo “Una de mis mejores amigas” de Shirley Lord, o que te mueres por “Ángeles y Demonios”. No te estoy criticando, claro que entretienen. Bueno, no vamos a pelear, si te gustan aquí está otro final especialmente diseñado para ti.
FIN
Al fin. Tantas vueltas para recomendar cinco libros. Me justifico: quería que la información llegara solamente a los buenos lectores. Otra cosa que me guardé hasta este último párrafo es el verdadero nombre del texto. “Me justifico, ¿y qué?” es el nombre comercial, para las masas pues; el verdadero nombre es:
“Libros buenos para leer en 2009”
-Los Miserables, Víctor Hugo.
Todos amamos a Jean Valjean. La historia más encantadora y dolorosa que he leído.
-Ulysses, James Joyse.
Se presenta como una disolución de los átomos del sonido. Olvídate del sentido común y lee.
-Rayuela, Julio Cortázar.
El mejor ejemplo de la posibilidad de evolución en la literatura
-Los sufrimientos del Joven Werther, Johann Goethe.
El amor alcanzará otros niveles en tu espíritu. Muchos se suicidaron al terminar de leerlo, por eso era importante hacer el embudo y desechar a lectores de autoayuda y Código da Vinci.
-Memorias de un hombre del subsuelo, Fiódor Dostoyevski.
Odiarás tanto al protagonista que tendrás que lanzar el libro al piso, antes de seguir leyendo.

miércoles 26 de noviembre de 2008

Ejemplo hípico de un comportamiento cotidiano


¡Arranca la carrera y el caballito de mar se alza con la punta! Segundo Azulejo, tercero Gran Sol, cuarto Elvis Presley, quinto Cañonero, sexto El Más Pendejo, séptimo El Quijote. El Clásico Simón Bolívar ya parece tener dueño porque el caballito de mar ya le sacó siete cuerpos al segundo. Pero… ¡Cuidado! ¿Qué sucede? Mientras el caballito de mar sigue corriendo los mil seiscientos metros, los demás equinos han expulsado a sus jinetes paralizándose en plena pista.
-Es que así no se puede. Esto es una carrera de caballos, no un circo. ¿A alguno de ustedes le preguntaron si estaba de acuerdo con la inclusión de ese caballito de mar?, protestaba el Gran Sol.
-Verdaderamente chico –interrumpió Cañonero con su voz de viejito-, yo creo que lo más conveniente es formar un sindicato e iniciar una huelga cuanto antes.
Señoras y señores la carrera está por terminar y el caballito de mar por ganarla porque los demás caballos siguen relinchando en plena pista. ¡No sabemos qué sucede!
-Tienen razón. Vámonos ya –convidó Azulejo haciendo que todos los demás caballos se fueran del hipódromo omitiendo las existencias de los jinetes.
¡Y el ganador es el caballito de mar!
Nota: Lo anterior puede coresponder también a la típica estampa de un partido de fútbol callejero en el que los mayores nunca quieren jugar con los menores; no por que sean chiquitos, sino porque juegan demasiado bien.

lunes 17 de noviembre de 2008

Garabato


Mongol 480 número 2, hoja en blanco y mano inocente de niño dibujaron una figura indescifrable que la mamá calificó de garabato antes de echar a la papelera. El infante lloró considerando la importancia de su obra para el desarrollo del movimiento abstracto en el país. En todo caso, de esta historia sólo importan los acontecimientos posteriores a la llegada del papel a la basura, porque algún motivo tan sobrenatural como las fresas dibujadas en las cajas de Korn Flakes hizo que el garabato cobrara vida y se saliera de la hoja transformándose en una especie de cabello largísimo capaz de imitar a una serpiente para recorrer los rincones de la casa y finalmente llegar a mi habitación.
Sí, acepto que tuve miedo al verlo; pero nunca pensé que podía ser tan ágil para llegar a mi boca de un brinco y bajar por mi garganta. Fue lo mismo que tragarse un cabello. ¡Qué locura! De verdad traté de defenderme. Incluso me cuadré como boxeador antes de que me venciera en esa única envestida, en ese brinco que me atoró y me lanzó al piso tal vez por estrangularme desde adentro. Lo cierto es que al menos estoy vivo. Pudo matarme de haberlo querido, pero aparentemente sólo quería demostrarme que el más despreciable garabato dibujado por un niño es capaz de hacer cosas tan increíbles como salirse del papel y estrangular a alguien por dentro. Así que tú tampoco subestimes a nadie nunca.

jueves 23 de octubre de 2008

Ciencia, amor


Hay llanto en mis ojos.
Los valores no están en el chip
Ni en el microchip
Ni en la nanotecnología.

Lo salado de la sal está en la eme,
La más perfecta de todas las letras.
El amor sólo pasa con palabras,
Un te amo se escribe, se dice;
No se suma.

Los isótopos no saben nada de mujeres
Los positrones no dicen a un hijo
que su padre lo quiere

Detrás de un hoyo negro
No desaparece la depresión
La ciencia no sabe nada del corazón
y yo te amo.

lunes 20 de octubre de 2008

Pajarito en grama


El pajarito sobre el césped del estadio era un soldado borracho que insistía en marchar tambaleándose sin terminar de caerse. No sólo levantaba las patitas a la altura de la cintura, también alzaba el ala derecha como presentándose a un superior invisible. El pajarito era negro y su color contrastaba perfectamente con el verde exagerado de la grama, espectáculo dicromático que sólo aconteció por ser jueves y porque el fútbol se juega los domingos. Aparte de eso, las líneas de cal no estaban pintadas y la cámara con la que enfoqué al pajarito hizo un close up fijo grama-pararito. Verde y negro.
Dada la diversidad de nombres que tiene esta especie de pajarito según sea la latitud, me conformaré con decir que filmé a uno de esos pajaritos negros que adoran los árboles ficus y que, en cierta época del año, arremeten en contra de las cabezas humanas con la excusa de hacer nidos con sus cabellos perfectamente moldeados según el feng chui o la última moda. También me eximo de colocar el nombre científico del animal en cuestión porque de nada sirve el latín cuando es usted quien lee.
En todo caso, no puedo evitar decir que para mí ese pajarito siempre se llamará tordito. Usted sígale diciendo pajarito negro.
Mi interés en dedicar aquel documental al soldadito de plumas negras siempre descansó en la metáfora del ser humano que representa el pajarito para mí: peligroso cuando vuela, pajarito en grama cuando camina.

martes 7 de octubre de 2008

Pánico


La mano alzada de Samanta detuvo el taxi casi como un conjuro corporal. Veinte bolívares dejándola del otro lado de la avenida acordó pagarle por llevarla al Terminal. Era un hombre como de cincuenta años, con lentes de sol, cabello negrísimo y una pronunciada nariz que sonaba como de gripe cada tres o cuatro respiraciones. Sólo le molestaba el olor a viejo antes de ver aquel Nuevo Testamento azul junto a unos lentes tan pequeños que parecían de mentira. No podía dejar de verlos. Estaban sobre el tablero y por algún extraño motivo el miedo se apoderó de ella. Luego notó que el hombre tenía un brillante mínimo en la oreja derecha y que sus dedos estaban tatuados con inscripciones fenicias que ella reconocía por haber estado en el Medio Oriente el diciembre pasado. No entendía la función de un Nuevo Testamento en el auto de alguien tan pagano como ese tipo, tampoco creyó estarlo juzgando mal porque su apariencia era de pronto la de un violador de vírgenes. Samanta había comenzado a temblar y aquellos lentes sobre el tablero le incomodaban demasiado como para seguir el viaje al Terminal. El hombre se llevó de pronto la mano al bolsillo y sacó un chicle sabor a canela que llevó lentamente a su boca. Comenzaron los chasquidos y ahora eran demasiados elementos discordantes como para seguir el viaje, porque ella podría soportar a un hombre tan raro con media Biblia en el carro; pero los lentes, el chicle sonando, el brillante en la oreja y esos tatuajes: todo siendo dentro de un seudo universo frío. Déjeme por aquí señor que no aguanto, es que su chicle, el librito azul, los lentes; no pegan con usted y de pronto me comienza a doler la cabeza. Lo siento. Samanta comenzó a llorar frenéticamente y el hombre inmutable, como si de pronto hubiera comprendido todo. Usted sabe a lo que me refiero. El hombre seguía sin decir una palabra y Samanta ya estaba golpeándolo en el brazo cuando empezaba a estacionarse a mitad del camino. Diez bolívares habría sido el precio justo, pero la mujer entregó un billete de cincuenta y salió corriendo sin ver a los lados. Un camión. Joven murió arrollada en la avenida Andrés Bello. Los testigos afirmaron que salió de la nada lanzándose a la vía.

viernes 26 de septiembre de 2008

Fragmento de una novela inexistente


Su nariz no estaba rota, sólo sangraba por culpa de la cocaína. Sus ojos eran exageradamente opacos y su risa era el dibujo hipócrita de un arco iris en un cuaderno de contabilidad. Aquella habitación daba asco. Ratones cruzaban de una pared a otra sorteando trozos de comida, preservativos usados, papel sanitario sucio, zapatos que hace años no se juntaban con su par perdido, calcetines que alguna vez fueron blancos, colillas de cigarro y muchos libros llenos de vanidad.
Desnuda, acurrucada sobre su cama, Amalia se dejaba picar con gusto por mosquitos tan descomunales que el ventilador no espantaba. El televisor tenía casi una semana encendido pero ella sólo se concentraba en la Biblia sobre el Play Station. Dos días permaneció viéndola como el único sosiego en medio de aquel desastre, como la única orquídea nacida en el pantano. Al fin decidió levantarse y abrirla al azar leyendo de inmediato que Dios es amor. Aquella frase la envolvió y la hizo levantarse de su cama, limpiar el piso, ordenar cuanto pudo, bañarse, vestirse y dar un paseo por cualquier lado. Aún no había entendido el mensaje, ella sólo escapaba de lo que no lograba entrar en su cabeza.