jueves 23 de octubre de 2008

Ciencia, amor


Hay llanto en mis ojos.
Los valores no están en el chip
Ni en el microchip
Ni en la nanotecnología.

Lo salado de la sal está en la eme,
La más perfecta de todas las letras.
El amor sólo pasa con palabras,
Un te amo se escribe, se dice;
No se suma.

Los isótopos no saben nada de mujeres
Los positrones no dicen a un hijo
que su padre lo quiere

Detrás de un hoyo negro
No desaparece la depresión
La ciencia no sabe nada del corazón
y yo te amo.

lunes 20 de octubre de 2008

Pajarito en grama


El pajarito sobre el césped del estadio era un soldado borracho que insistía en marchar tambaleándose sin terminar de caerse. No sólo levantaba las patitas a la altura de la cintura, también alzaba el ala derecha como presentándose a un superior invisible. El pajarito era negro y su color contrastaba perfectamente con el verde exagerado de la grama, espectáculo dicromático que sólo aconteció por ser jueves y porque el fútbol se juega los domingos. Aparte de eso, las líneas de cal no estaban pintadas y la cámara con la que enfoqué al pajarito hizo un close up fijo grama-pararito. Verde y negro.
Dada la diversidad de nombres que tiene esta especie de pajarito según sea la latitud, me conformaré con decir que filmé a uno de esos pajaritos negros que adoran los árboles ficus y que, en cierta época del año, arremeten en contra de las cabezas humanas con la excusa de hacer nidos con sus cabellos perfectamente moldeados según el feng chui o la última moda. También me eximo de colocar el nombre científico del animal en cuestión porque de nada sirve el latín cuando es usted quien lee.
En todo caso, no puedo evitar decir que para mí ese pajarito siempre se llamará tordito. Usted sígale diciendo pajarito negro.
Mi interés en dedicar aquel documental al soldadito de plumas negras siempre descansó en la metáfora del ser humano que representa el pajarito para mí: peligroso cuando vuela, pajarito en grama cuando camina.

martes 7 de octubre de 2008

Pánico


La mano alzada de Samanta detuvo el taxi casi como un conjuro corporal. Veinte bolívares dejándola del otro lado de la avenida acordó pagarle por llevarla al Terminal. Era un hombre como de cincuenta años, con lentes de sol, cabello negrísimo y una pronunciada nariz que sonaba como de gripe cada tres o cuatro respiraciones. Sólo le molestaba el olor a viejo antes de ver aquel Nuevo Testamento azul junto a unos lentes tan pequeños que parecían de mentira. No podía dejar de verlos. Estaban sobre el tablero y por algún extraño motivo el miedo se apoderó de ella. Luego notó que el hombre tenía un brillante mínimo en la oreja derecha y que sus dedos estaban tatuados con inscripciones fenicias que ella reconocía por haber estado en el Medio Oriente el diciembre pasado. No entendía la función de un Nuevo Testamento en el auto de alguien tan pagano como ese tipo, tampoco creyó estarlo juzgando mal porque su apariencia era de pronto la de un violador de vírgenes. Samanta había comenzado a temblar y aquellos lentes sobre el tablero le incomodaban demasiado como para seguir el viaje al Terminal. El hombre se llevó de pronto la mano al bolsillo y sacó un chicle sabor a canela que llevó lentamente a su boca. Comenzaron los chasquidos y ahora eran demasiados elementos discordantes como para seguir el viaje, porque ella podría soportar a un hombre tan raro con media Biblia en el carro; pero los lentes, el chicle sonando, el brillante en la oreja y esos tatuajes: todo siendo dentro de un seudo universo frío. Déjeme por aquí señor que no aguanto, es que su chicle, el librito azul, los lentes; no pegan con usted y de pronto me comienza a doler la cabeza. Lo siento. Samanta comenzó a llorar frenéticamente y el hombre inmutable, como si de pronto hubiera comprendido todo. Usted sabe a lo que me refiero. El hombre seguía sin decir una palabra y Samanta ya estaba golpeándolo en el brazo cuando empezaba a estacionarse a mitad del camino. Diez bolívares habría sido el precio justo, pero la mujer entregó un billete de cincuenta y salió corriendo sin ver a los lados. Un camión. Joven murió arrollada en la avenida Andrés Bello. Los testigos afirmaron que salió de la nada lanzándose a la vía.