
Me duele la circunstancia: el calor, el frío, la pereza, la soledad, la gente, el silencio. Casi como si me doliera existir. Es terrorífico.
Emprendo el camino y descubro una flor minúscula que para mí es hermosísima, pero está sola y me suplica con cierta reverencia que la mate. Se me ocurre sembrarla junto a las demás de su especie pero las flores son destructivas y superficiales cuando están juntas; las solitarias son las únicas que no están contaminadas por la certidumbre de su belleza. Arrancarla y dejarla en un jardín es dejarla morir lentamente en medio de humillaciones, por eso prefiero redundar en la metáfora y dársela a una mujer-jardín que la colocará en su cabeza dándole una utilidad sublime en la agonía de la muerte. Se marchita y sucumbe sonriendo. La veo morir lentamente y soy el más dichoso de los asesinos. Lágrima. Sonrisa. El último deseo de la flor es un beso asesino-tumba.
Me duele la circunstancia: el calor, el frío, la pereza, la soledad, la gente, el silencio. Casi como si me doliera existir. Es terrorífico.
Los niños juegan mientras el cóndor los sobrevuela hambriento. Yo me subo al tejado y como no se hablar les canto:
Vean hacia arriba
Que viene el cóndor
Cha cu cha,
El ritmo que se baila
Cha cu cha,
El ritmo que se goza
Vean hacia arriba
Que viene el condor.
Entonces el cóndor me lleva a mí y los niños se mueren de viejos sin entender el peligro.
Me duele la circunstancia: el calor, el frío, la pereza, la soledad, la gente, el silencio. Casi como si me doliera existir. Es terrorífico.




