
Es como el hambre, un ardor, pero más arriba, en el pecho. Caliente. Duele. Es amor. Qué palabrita. Amor. Generalmente nace de algún contacto, de alguna mirada, o del sofá donde dos se sientan para alejarse del tumulto de un cumpleaños. Nace también del cómo te llamas, de la hora del almuerzo en la oficina, de la complicidad para eludir la cola del banco y hasta terriblemente del qué signo eres. Es amor. No tiene que ser recíproco, nada lo es en esta vida. Siempre hay uno que ama más. A veces incluso hay una que ama y uno que no ama, o al vesre, casi siempre al vesre, al revés, perdón. Qué trillado el tema del amor, qué palabrita, repito. A veces sentimos movimientos tan gloriosos en el pecho que la palabrita nos resulta poca cosa y empezamos a buscarle otro nombre al sentimiento, pero sólo jugamos a los hipócritas porque siempre es amor. Incluso el odio es amor. El odio también duele, también es como el hambre, un ardor. Pero no hablo de odio, hablo de amor. Qué cacofónico el tipo que escribió esto. Pero más cacofónico y monótono es usted, lector, que sigue leyendo esta pistola de repetición que habla de otra pistola de repetición, del amor, del amor que también es un ser viviente cuyo momento más doloroso es el suicidio, la resignación, la estupidez que mueve nuestros labios para decir que a fin de cuentas no me gustaba tanto. Usted deje de leer esta taquicardia escrita y corra a declarársele a su amor, y si ya lo tiene corra a darle un beso. Valore su amor. Qué cursi el tipo que escribió esto, será por eso que no tiene amor.




