martes 28 de abril de 2009

Es como...


Es como el hambre, un ardor, pero más arriba, en el pecho. Caliente. Duele. Es amor. Qué palabrita. Amor. Generalmente nace de algún contacto, de alguna mirada, o del sofá donde dos se sientan para alejarse del tumulto de un cumpleaños. Nace también del cómo te llamas, de la hora del almuerzo en la oficina, de la complicidad para eludir la cola del banco y hasta terriblemente del qué signo eres. Es amor. No tiene que ser recíproco, nada lo es en esta vida. Siempre hay uno que ama más. A veces incluso hay una que ama y uno que no ama, o al vesre, casi siempre al vesre, al revés, perdón. Qué trillado el tema del amor, qué palabrita, repito. A veces sentimos movimientos tan gloriosos en el pecho que la palabrita nos resulta poca cosa y empezamos a buscarle otro nombre al sentimiento, pero sólo jugamos a los hipócritas porque siempre es amor. Incluso el odio es amor. El odio también duele, también es como el hambre, un ardor. Pero no hablo de odio, hablo de amor. Qué cacofónico el tipo que escribió esto. Pero más cacofónico y monótono es usted, lector, que sigue leyendo esta pistola de repetición que habla de otra pistola de repetición, del amor, del amor que también es un ser viviente cuyo momento más doloroso es el suicidio, la resignación, la estupidez que mueve nuestros labios para decir que a fin de cuentas no me gustaba tanto. Usted deje de leer esta taquicardia escrita y corra a declarársele a su amor, y si ya lo tiene corra a darle un beso. Valore su amor. Qué cursi el tipo que escribió esto, será por eso que no tiene amor.

miércoles 22 de abril de 2009

Algo que vi al cerrar los ojos


No sé si realmente los vi o sólo los imaginé, pero estoy segurísimo de que eran ángeles. Yo tenía como ocho años y en la Iglesia celebraban el Día del Niño, cosa que me tenía sobresaltado de alegría y verdadero entusiasmo. Mi mamá dijo quédate quieto un momento vale que me estás haciendo pasar pena como siempre, y fue entonces cuando la predicadora al micrófono aseguró que todos los niños verían ángeles si cerraban los ojos. Recuerdo el sentimiento de miedo que me invadió ante la posibilidad de ser el único niño de la congregación sin ángeles, pero apenas cerré los ojos allí estaban: agarrados de las manos formando un círculo como de quince o veinte, todos altos, vestidos de blanco resplandeciente y; bueno, no recuerdo colores porque, como todos saben, el mundo antes era en blanco y negro como las películas de mucho antes. Al llegar a mi casa me preguntaban cómo eran los ángeles y yo decía que altos y agarrados de las manos. Otro niño los vio parados en una escalera y supe que no habíamos visto los mismos ángeles. Lo cierto es que todos mis amigos hablaban de aquella experiencia. Hoy cierro los ojos mientras avanzo en la escritura de este cuento y no veo otra cosa que la luz del bombillo de mi habitación filtrada de rojo por mis delgados párpados. Sé que siguen cuidándome las espaldas por orden divina, pero nada me gustaría más que volver a ser un niño para poder verlos de nuevo.