
Sólo meciéndome en un chinchorro pude comprender las dimensiones de nuestra separación, aunque tal vez no sea separación la palabra más idónea porque ésta supone una unión previa, y entre nosotros nunca nada de nada. El hecho es que queriendo calcular la distancia exacta entre ambos, los movimientos curvilíneos del chinchorro torpedearon las bases de mis reflexiones sobre la manera correcta de acercarme a ella y conquistarla. Antes del chinchorro, la distancia más corta entre un punto y otro fue siempre una línea recta; o sea que seducirla habría sido cuestión de caminar hacia ella y bla, bla, bla. Ahora no. El balanceo del chinchorro abrió mis ojos. Siempre estuve errado. Las líneas rectas no existen ni siquiera cuando un estudiante las traza con una regla en el cuaderno de dibujo técnico. Incluso la luz viaja formando una parábola a su paso. En un universo aparentemente doblado o redondo nada puede ser recto, nada, y mucho menos el camino que me llevará a ella.
